IV
Silencio. La mujer me pide que guarde silencio. Obedezco. Aprieto mis labios como si fuera una fuerza opresora tratase de destensarlos para convertirlos en el cúmulo infinito de copiosos cabellos. Sus hombros, trémulos y pálidos, eran a la vez acariciados por todas las lenguas. Sus labios eran pronunciados por todos los nombres para no encontrar dueño, aunque sí lo tenía, el perro que me veía fijamente mientras intentaba moverme, tenía un dueño. El hombre que gritaba “¿quién está ahí?” y que parecía furioso, salió de su casa portando un abrigo color carmesí, como todos los días, como todas las noches. Me pregunto si duermes, en dónde duermes y con quién duermes. No podía decir que con un peluche, iba a ser estúpido, decir la verdad sería más peligroso sólo respondí de la forma más coherente posible y a la vez su rostro, sus manos, su cuerpo; era suficiente conocer su alma de está manera, la condición era no llegar a desear algo más, no tenía sentido enfermar de esa manera otro de sus estados naturales del deseo, pero no le importó lo que había escuchado, las razones de los demás sobraban. Sonrió irónicamente, tomó el teléfono y comenzó a marcar los números, esperó, una voz muy familiar le contestó balbuceando, era el cura, el hermano de Andrea, quien años atrás le había hecho bajar al infierno y subir al cielo mientras fornicaban en el sagrario, elevando sus tempestuosas oraciones como una ofrenda santísima, y aquellas oraciones retumbaron en toda la nave.
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