III
La última gota de agua hirviendo calló sobre el ojo derecho de aquél y se dio cuenta que finalmente estaba completamente ciego. Se levanto del piso recién limpiado y emprendió su marcha hacía una playa nudista donde se liberaría y sería lo suficiente desinhibido para quitarse el bóxer y dejar sus enormes pezones al aire. Sus rasgos eran finos y al mostrar su cuerpo lo hacía con una naturalidad encantadora. Encantaba a los hombres con el candor de su alma, con la inocencia característica de su edad, belleza pura. El inútil pudor de cubrir su tersa blancura y la flor de su inocencia con un velo transparente, casi azul, incitaba más el estro. Al darme cuenta, mente cochambrosa, de mi impiedad, tome los cilicios de mi autocensura y me los pase con un baso lleno de quemeimportismo. Continué con mis alimentos, primero decidí comer un poco de sociedad, obviamente con sal y limón. Era un hombre fetichista, dubitativo y obseso. Gustaba de los pequeños placeres de la vida en compañía de un viejo saxofón y la foto de Justino (su único hombre en la vida) ¿Patético, no? Ahora sabe muy bien que los hombres nunca la llenaran del todo, y no es su instinto feminista ni la cama llena de vacío o su pesadez de semi-orgasmos. La verdad es que es insaciable, sólo masturbándose... y eso las tardes lluviosas, pues los días soleados le parecieron desde siempre pésimos para masturbarse... En el cuarto contiguo estabas tú, maltrecho y ciego, siempre gritando por el dolor que te causaban las mordidas de las ratas y el disgusto de tu encierro.
No sé como decírtelo: te odiábamos. Era así de simple, pero las palabras no salían de mi boca por más que lo intentara. Te odiábamos y aún así no podía decirlo, el sentimiento carcomía su conciencia y alma pero pronto se recuperó y se dio cuenta que todo y nada estaba dicho, que existió desde antes que se formara en el vientre de su madre.
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