I
Si acaso cumplimos dos o tres promesas, faltan muchas, muchas más. Y ahora, yo me quedo con un recuerdo borroso de todo, de tí, de nosotros, y ¿todo por qué? ¿te casas? No pasó ni una milésima de segundo y es que respondí ¡Sí sí sí! con una gran emoción, ella me miró con un rostro de angustia, a quién no le duele que te roben a tu mejor amiga, y más si sabes que es alguien que dudas de su moralidad pero no de su destreza para engañar porque esas cosas que callaba eran las que terminaban siendo más importantes; a pesar, de tu exigencia por conocer su verdadera personalidad callaste tantas cosas que te permitieron existir en su mundo. Francamente todo le daba flojera, recordó las pastillas para dormir que su madre guardaba en secreto. Caminó sin hacer mucho ruido, despacio abrió el cajón del buró, por cada píldora pedía un deseo mientras sus sentidos poco a poco se iban haciendo confusos, entumeciéndose cada parte de su atormentado cuerpo. Poco a poco las cosas dejaron de ponerse dramáticas, ahora sólo queda un cadáver intoxicado de dolor y podredumbre, cuyos ojos desorbitados se posaban en mí, acusándome, mostrándose como evidencia fiel de mis pecados, los que le mancillaban las manos y la piel. No debió haber comido de ese cáliz. No así. La mente juega muchas bromas, le dijeron. En este momento, ya no podía retractarse. El tiempo decidiría por él. Pero no podía dejar de pensar que las pequeñas cosas que habitan en el quinto patio en la colonia de los filósofos alemanes. No es difícil pensar que todo lo ocurrido se pudo evitar si tan sólo ese día se hubiera despertado con Kant entre las piernas ¡de miedo! aunque más peligroso en tener allí a Hegel o a Foucault. “La cosa se está poniendo fea” pensé mientras lo despegaba de mi entre pierna, vi hacía la puerta de la habitación, entonces me di cuenta que el “Patotas” venía entrando traía un machete en la mano, así en su loquera les empezó a dar duro y tupido sobre sus cuerpos. Y cuando despertó el dinosaurio seguía ahí, dormido con los ojos abiertos. Se levantó, lo tapó bien con las cobijas y se fue por un vaso de leche. ¡Qué horror! Todo agrio, no había qué desayunar desde hace una semana y, ay, precisamente que decidimos salir a comprar, paró de llover.
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