II
Caminaba pausadamente para ver si la encontraba. Sabía que en este lugar, por lo general de días grises, sería imposible no distinguirla en caso de que apareciera. Su ropa de colores se desteñía poco a poco con el cloro que usaba al lavar, desde entonces usa ropa blanca y se ha vuelto un ermitaño que se la pasaba en su cuarto dándose amor propio mientras leía el libro vaquero. Un ermitaño que prefería comer sopa maruchan a ir a la cena navideña de su familia. Era apático, detestable y enfermizo. Una vida solo lo mataba, necesitaba de alguien, ¿de quién? una mujer o un hombre, no lo sabía. Ambiente penumbroso, demasiados afeites y ropa excesiva. Pero como de pronto el tumulto nos rodeaba y apachurraba por todos lados, como en las peores horas pico del metro, mi mano se aventuró a tentalear a toda mujer con hermosa figura (o no) que se aventuraba a pasar enfrente de mi finísima persona. ¡Qué hombre dios mío! ¿quién como él? ¿no era acaso el hombre de su vida? ¿no era la imagen que la despertaba cada mañana y que en su infancia esa mujer no le correspondia. Lo sabía, sabía que las mariposas Alicia estaban fuera de su alcance, aún así, soñaba con el retorno, el eterno retorno... pero que tontería ¿acaso Nietzsche no era un gran resentido?
“¡Mascullar entre las sabanas no es resentimiento!” le grité desesperado. Con la longitud de sus uñas respondió sobre el daño de mi piel. Mi grito sordo fue inútil en este oscuro jardín donde ya nada podía penetrarlo y ya nada podía salir. La oscuridad me tragó.
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